Toyota Research Institute: una apuesta por el desarrollo tecnológico
Toyota reorganiza su investigación en conducción autónoma y software bajo un nuevo grupo, con un fondo propio para invertir en startups y una ciudad de pruebas junto al monte Fuji.
Sección
Cinco años de una promesa que siempre parecía estar a punto de cumplirse.
Entre 2016 y 2020 la conducción autónoma fue el anuncio más repetido del sector del automóvil. Esta sección sigue esos años pieza a pieza, y conviene leer cada una con su fecha delante, porque los plazos que se daban entonces casi nunca se cumplieron.
Varios textos sirven para situarse. Explican qué separa un nivel de automatización del siguiente en la escala que usa la industria y qué hacen el lidar, el radar y las cámaras para que un coche interprete lo que tiene alrededor. Otros siguen la competencia entre empresas: la compra de Otto por parte de Uber en agosto de 2016, las pruebas en carretera que continuaron en 2018 pese al atropello mortal de Tempe, en Arizona, la ventaja que se atribuía a Waymo, el prototipo de reparto EZ-PRO de Renault y el trabajo del Toyota Research Institute.
Queda un grupo que mira las consecuencias. Uno repasa lo que frenaba la implantación, que no era solo la técnica; otro se pregunta qué ciudad saldría de llenar las calles de coches sin conductor sin cambiar nada más. El de 2020 vuelve sobre los niveles para preguntarse qué cambiaría en la manera de vivir y de trabajar.
10 artículos · 2016–2020
Toyota reorganiza su investigación en conducción autónoma y software bajo un nuevo grupo, con un fondo propio para invertir en startups y una ciudad de pruebas junto al monte Fuji.
Casi todos los coches que circulan hoy están en el nivel más bajo de la escala. Lo interesante es imaginar qué pasa con la ciudad, el trabajo y la salud cuando se llegue al más alto.
Un módulo guía con una persona a bordo y una fila de cápsulas que lo siguen sin enganches. Así imagina Renault la furgoneta de reparto de 2030.
Casi todos los aspirantes saben ya conducir despacio por una ciudad. Las diferencias aparecen en la velocidad, en los kilómetros acumulados, en los accidentes y en quién puede fabricar el coche.
Uber ha parado sus coches después del primer atropello mortal de un vehículo autónomo. El resto del sector, en cambio, ha pisado el acelerador.
La inteligencia artificial y el 5G son la parte fácil de explicar. Lo difícil es cómo encaja un coche sin conductor en ciudades que crecen y que cada vez quieren menos coches.
La ciudad sin atascos, sin humo y sin ruido depende de tres cambios que avanzan a ritmos distintos. Si uno se queda atrás, los otros dos pueden salir caros.
Una máquina no siente frío ni ve un semáforo. Para que actúe sola hay que darle sentidos, y en el coche autónomo esos sentidos son un puñado de sensores.
Fabricantes y gobiernos hablan de coches autónomos como si fueran una sola cosa. Las escalas oficiales separan cinco o seis grados muy distintos.
La empresa de VTC no quiere fabricar coches. Quiere el kit que los haga conducir solos, y el equipo de Otto sabe hacerlo.