Saltar al contenido

Arcén

Apuntes sobre cómo nos movemos por la ciudad

57 artículos · 2016–2026

Vehículo autónomo

El inminente desastre de la ciudad del futuro

La ciudad sin atascos, sin humo y sin ruido depende de tres cambios que avanzan a ritmos distintos. Si uno se queda atrás, los otros dos pueden salir caros.

· 4 min de lectura

Los fabricantes trabajan a destajo para sacar a la calle coches eléctricos y autónomos que prometen mejorar la vida de quien conduce y el tráfico de las ciudades. La promesa es atractiva. El riesgo es que llegue a medias.

La ciudad ideal sería una que haya resuelto la movilidad de forma sostenible: pensada para las personas y no para los coches, con aire limpio, sin ruido molesto y con un tráfico que permita cruzarla de punta a punta en poco tiempo. Tres problemas separan a las ciudades actuales de ese modelo:

  • Demasiados vehículos en circulación.
  • Contaminación del aire y ruido.
  • Infraestructuras que no están a la altura.

Resolverlos por separado no basta. Tienen que avanzar más o menos a la vez, y ahí está el peligro.

Menos coches: compartir

La herramienta más eficaz contra la saturación es compartir. Han aparecido aplicaciones y modelos de negocio pensados para eso: BlaBlaLines, la nueva plataforma de BlaBlaCar para compartir el trayecto diario al trabajo; Omoove, que abre flotas de vehículos al uso compartido entre particulares y empresas; o Gogoro, que con Bosch prepara un servicio de motos eléctricas compartidas en París.

Los carteles que comparan el espacio que ocupan doscientas personas según cómo se desplacen lo muestran mejor que cualquier cifra: en coches particulares llenan varias calles, en autobús caben en un par de vehículos, en bicicleta apenas ocupan sitio. Si quienes viajan solos compartieran trayecto a través de una plataforma, habría menos coches, el tráfico fluiría mejor y cada uno ahorraría en gasolina y en mantenimiento, además de conocer a otra gente por el camino.

Aire limpio: el motor eléctrico

Para la contaminación la receta es parecida, con una variable más: el motor eléctrico.

Desde el escándalo de las emisiones de Volkswagen, los datos sobre el diésel han pasado de los informes técnicos a las portadas. Un estudio publicado en mayo en Nature calcula que los óxidos de nitrógeno (NOx) que los vehículos diésel emiten por encima de sus límites homologados causan unas 38.000 muertes prematuras al año en todo el mundo. Para Europa, otro trabajo difundido este mes calcula unas 10.000 muertes prematuras anuales por el NOx de los turismos y furgonetas diésel, y atribuye la mitad a emisiones que superan lo permitido. Las respuestas políticas ya están en marcha: Madrid, París, Atenas y Ciudad de México quieren sacar los diésel de sus calles en 2025, Francia y Reino Unido han anunciado el fin de la venta de coches de gasolina y diésel para 2040, y China estudia su propio calendario.

Las marcas se han puesto a ello. Lexus, que empezó a vender híbridos a mediados de la década pasada, ha hecho de esa tecnología el centro de su gama. Y el cambio ha traído rivales nuevos, más jóvenes y más tecnológicos, que marcan el paso a los fabricantes tradicionales. Tesla, fundada en 2003, solo ha hecho coches eléctricos, y su potencia, su autonomía y su empeño en la conducción autónoma la han convertido en el modelo que todos miran. En motos ocurre algo similar con Zero Motorcycles: una moto pesa poco, necesita menos potencia y se conforma con una batería más pequeña, así que electrificarla es más sencillo. Sus modelos conservan una estética clásica y sorprenden incluso a los motoristas más escépticos.

Infraestructura: sin red no hay autonomía

Aunque los coches autónomos estuvieran listos hoy, no podrían circular con seguridad. Les falta una red capaz de mover datos a gran velocidad y con muy poca latencia. La cobertura 5G es para ellos tan necesaria como las ruedas: sin ella no pueden coordinarse ni decidir a tiempo, y buena parte del esfuerzo invertido en la conducción autónoma quedaría en nada. Esa pieza depende de los gobiernos y de las operadoras de telecomunicaciones, no de los fabricantes.

Tres escenarios si falla una pieza

Si no se comparte el coche

Cada uno tendrá un coche eléctrico, inteligente y conectado, y los atascos seguirán ahí. Sin rutas despejadas, esos vehículos tan avanzados serían celdas con ruedas, parados en la misma cola que hoy.

Si no llegan motores más limpios

Aquí el coche sí se comparte y hay menos en la calle. Los atascos se reducen, pero un vehículo autónomo compartido no se queda aparcado: pasa el día entero circulando de un cliente a otro. Si su motor sigue quemando combustible, el balance de emisiones para la ciudad podría ser peor que el actual.

Si la infraestructura no avanza

Con coches compartidos y eléctricos, la ciudad estaría más limpia y menos congestionada, y aun así la conducción autónoma se quedaría en proyecto. Seguiría al volante el factor humano, responsable de la mayoría de los accidentes: distracciones, cansancio, imprudencias.

Lo que depende de cada uno

Buena parte de estos cambios no pasa por los fabricantes ni por los ayuntamientos. Pasa por lo que hace cada ciudadano como conductor y como peatón: usar el transporte público, compartir el coche en los viajes y elegir un vehículo eléctrico cuando llegue el momento de cambiar el que se tiene.

Para seguir leyendo