Carpooling (I): qué es, cómo surgió y cómo funciona
Compartir coche y gastos con quien hace el mismo viaje es una idea de la Segunda Guerra Mundial. El móvil la ha convertido en un servicio de masas.
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Carsharing y carpooling suenan cada vez más, y muchas veces se usan como si fueran lo mismo. No lo son. Hasta hace pocos años, quien necesitaba un coche para un viaje de trabajo o una escapada tenía una única opción: ir a una oficina de alquiler, dejar una fianza, contratar el seguro y devolver el coche intacto y con el depósito lleno. Pagar por minutos o por trayecto era impensable.
El carsharing cambió eso. Puso al alcance de cualquiera el alquiler por horas: el cliente reserva desde el móvil, usa el coche un rato y se desentiende de la gasolina y del seguro. Un mismo vehículo puede pasar por varias manos en un solo día.
El carpooling va un paso más allá. Aquí ni siquiera hay que alquilar ni conducir. Basta con encontrar a alguien que vaya a hacer el mismo viaje y ponerse de acuerdo en las condiciones: el precio, la hora de salida, si se admite equipaje grande o mascotas, si se puede fumar.
Por qué ha despegado
Las grandes ciudades tienen en el transporte uno de sus problemas más serios, y reducir las emisiones de CO2 figura entre las prioridades de cualquier gobierno de un país desarrollado. Pero no fue la conciencia ambiental lo que llenó los coches compartidos. Al ciudadano medio le preocupa más su bolsillo que el efecto invernadero, y en eso el carpooling acierta: ofrece una forma de moverse muy barata en un momento en que tener coche propio sale carísimo.
Basta con sumar lo que cuesta un coche a lo largo de diez años de vida útil. La compra, el combustible, las revisiones y averías, el seguro y los impuestos. Y después todo lo que gira alrededor: la zona azul, el aparcamiento de pago, la plaza de garaje. El resultado asusta.
Compartir el coche reparte esa carga. El carpooling, o car-pooling, como también se escribe, consiste en que varias personas viajen en el mismo vehículo hacia un destino común y se repartan los gastos del trayecto. Hoy lo habitual es que una plataforma digital haga de punto de encuentro entre el conductor que va a hacer un recorrido y los pasajeros que quieren hacer ese mismo recorrido, o uno muy parecido. Es una práctica muy extendida en toda Europa y aprovecha mejor cada coche, porque llena asientos que de otro modo irían vacíos.
Qué aporta este concepto de movilidad
Sus beneficios se reparten entre el medio ambiente, la economía y la vida social:
- Menos coches en la calle si la costumbre se generaliza, y por tanto ciudades menos congestionadas y trayectos más rápidos.
- Menos emisiones de CO2, como consecuencia directa de lo anterior.
- Menos estrés: hay menos atascos y, para el pasajero, ni siquiera hace falta ponerse al volante.
- Costes más bajos para todos los que comparten.
- La ocasión de conocer gente. No son pocos los viajes compartidos que acaban en amistad.
- Ventajas en carretera: en ciudades como Madrid, un coche con varios ocupantes puede circular por los carriles VAO, reservados a vehículos de alta ocupación.
Cómo funciona
El mecanismo es sencillo. Conductores y pasajeros publican en una aplicación o en una web los trayectos que van a hacer, con fecha y hora. Cuando dos anuncios encajan, la plataforma los pone en contacto para que cierren el precio (en algunas lo fija el conductor de antemano) y concreten los detalles. Las plataformas ganan dinero cobrando una comisión por cada viaje o mostrando publicidad.
Hay dos figuras claras. El conductor pone el coche, suele decidir la ruta y quiere repartir unos costes que le resultan altos. El pasajero, interesado en ese mismo trayecto, no tiene coche o prefiere no usarlo, y busca hacerlo por menos de lo que le costaría en autobús, en tren o en taxi.
Algunos analistas calculan que, de esta forma, se puede ahorrar hasta un 75 % de lo que se gasta en combustible, peajes y aparcamiento.
De dónde viene
Compartir coche con desconocidos no nació con internet. Las primeras fórmulas organizadas surgieron en Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial, cuando el Gobierno pidió a la población que ahorrara caucho, un material escaso y necesario para el esfuerzo bélico. Un estudio publicado por ICADE recoge ese origen.
La siguiente oleada llegó con la crisis del petróleo de los años setenta, que disparó el precio de la gasolina en Estados Unidos. En los ochenta la costumbre cruzó el Atlántico y se asentó en Francia, Países Bajos, Suiza, Bélgica y también España.
Entonces todo funcionaba con papel. Conductores y pasajeros ponían anuncios en la sección de clasificados del periódico o en tablones de corcho colocados para ello en facultades y centros de trabajo.
Lo que le ha dado la escala actual es el teléfono inteligente. Con un móvil conectado es fácil localizar, en cualquier momento y desde cualquier sitio, a alguien que va al mismo lugar, y las plataformas de carpooling han crecido sobre esa facilidad.
Carpooling y carsharing no son lo mismo
La confusión es comprensible, porque los dos términos hablan de compartir coche. La diferencia está en qué se comparte.
En el carpooling se comparte el viaje. Una persona pone su propio coche a disposición de otras para un desplazamiento concreto y recibe a cambio una cantidad pequeña, normalmente la parte proporcional de lo que cuesta el trayecto. Si alguien va cada día al trabajo con un compañero y se reparten la gasolina, eso es carpooling. Si un grupo de amigos va a la playa en el coche de uno de ellos y paga a escote, también.
En el carsharing se comparte el coche, pero no el viaje. Es un alquiler de corta duración: el usuario coge el vehículo, lo conduce él mismo y lo devuelve. En el carpooling, en cambio, siempre viaja al menos el dueño del coche, y no hay alquiler propiamente dicho.
La segunda parte de esta serie repasa las plataformas de carpooling que funcionan hoy en España, desde las más nuevas hasta las más asentadas.
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