Descubriendo el carsharing (I): introducción
Alquilar un coche durante veinte minutos era impensable hace no tanto. Primera de tres entregas sobre cómo funciona el coche compartido.
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La palabra carsharing ya sale en conversaciones de sobremesa, en las marquesinas y en el móvil de medio Madrid. Explicar qué hay detrás cuesta algo más. Esta serie lo intenta en tres pasos: primero qué es y qué modalidades existen, después la tecnología que permite abrir un coche aparcado en la calle sin llave y, por último, el negocio y sus cifras.
Qué es el carsharing
Es una forma de alquilar coches pensada para usos cortos. Se paga por minutos o por horas y, en algunos servicios, por kilómetro recorrido. Encaja con quien necesita coche de vez en cuando y no quiere cargar con uno propio, y también con quien ya tiene coche pero un día necesita otro distinto: una furgoneta para una mudanza, un modelo más grande para un fin de semana con la familia.
Puede gestionarlo una empresa o una asociación de usuarios que decide en común cómo se reparten los vehículos y cuánto se paga. A principios de 2017 funciona en más de seiscientas ciudades del mundo.
La idea tiene más años de los que aparenta. En Francia hubo un ensayo en los setenta, Procotip, en Montpellier, que no llegó lejos. La fórmula que sí prosperó nació en Suiza a finales de los ochenta: pequeñas cooperativas de vecinos que compartían unos pocos coches y que en 1997 acabaron unidas en Mobility.
En qué se diferencia del alquiler clásico
El alquiler de toda la vida se contrata por días, o como mucho por bloques de varias horas, y casi siempre en una oficina de aeropuerto, estación o gran aparcamiento. Hay mostrador, fianza y la obligación de devolver el coche con el depósito lleno. Para quien solo quiere cruzar la ciudad y volver, no tiene ningún sentido.
El carsharing ocupó justo ese hueco. El uso mínimo baja a unos minutos, la tarifa puede depender de la distancia y los coches están repartidos por los barrios, cerca de casa o del trabajo.
Los operadores organizan su flota de dos maneras. En el modelo de estaciones cada coche tiene una base: se recoge allí y allí se devuelve. Bluemove, en Madrid, sigue este esquema, con decenas de puntos repartidos por la ciudad. En el llamado free-floating no hay base: el coche se encuentra aparcado en la calle, dentro de una zona de servicio, y se deja donde termina el viaje.
Entre particulares o a través de una empresa
La otra gran división depende de quién pone el coche.
Entre particulares, el propietario ofrece su vehículo en los días u horas en que no lo usa, casi siempre para sacarse un dinero. Una web o una aplicación publica sus condiciones, cobra y pone en contacto a las dos partes. Drivy y Amovens son las plataformas más conocidas en España.
En el modelo de empresa, el operador tiene su propia flota y la reparte por la ciudad. El cliente se da de alta una vez y a partir de ahí reserva y abre los coches con el móvil o con una tarjeta. Así trabajan Bluemove y car2go.
El seguro fue durante años el punto flojo, sobre todo entre particulares: ante un golpe, la aseguradora del dueño tenía fácil lavarse las manos. Hoy existen pólizas diseñadas para este uso. Drivy, por ejemplo, cubre los alquileres que se hacen en su plataforma gracias a un acuerdo con Allianz.
Por qué compensa
La primera razón es aritmética. Un coche particular pasa aparcado alrededor del 97 % de su vida, según la estimación que más se repite. Es mucho dinero inmovilizado para tan poco uso, y compartirlo reparte ese coste entre más personas.
Para una familia que vive en una ciudad densa, con metro y autobús cerca, el carsharing puede significar deshacerse del coche propio sin renunciar a tener uno a mano cuando hace falta. Desaparecen la compra, el seguro anual, el taller, la plaza de garaje y las tardes de lavado.
Para el dueño que presta su coche la cuenta sale al revés: el vehículo empieza a producir. Un cálculo divulgado en España estimaba que un asalariado medio necesita unas 1.500 horas de trabajo para pagar un coche. Alquilarlo en los ratos muertos ayuda a recuperar parte de esa inversión, y algunas aseguradoras que venden seguros por días calculan ingresos de entre 200 y 600 euros al mes, según la ciudad y el modelo.
Con esas cifras se entiende que el coche compartido haya dejado de ser una rareza. Queda la pregunta que se hace casi todo el que lo prueba por primera vez: cómo se abre un coche ajeno con solo pulsar un botón en el teléfono. La segunda entrega se ocupa de eso.
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